Oratoria
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[Historia][Oratoria][Épica][Fábula]

ORATORIA EN ROMA: CICERÓN

     El bagaje de discursos de que disponemos como testimonio directo de la elocuencia romana es muy escaso. Afortunadamente contamos con el caso excepcional de Cicerón. Cicerón es la oratoria romana. Sin él no sólo nos faltaría el material de sus discursos, sino también la doctrina básica, los fundamentos teóricos de la elocuencia y la mayor parte de las noticias sobre los oradores que le precedieron.

1.- LA ORATORIA ANTES DE CICERÓN.

            A) Los primeros oradores.

             La oratoria romana anterior al siglo II a. de C. nos es prácticamente desconocida. Cicerón reseña unos nombres de personajes, entre los cuales destaca Apio Claudio el Ciego, político, militar, gramático y poeta.

             Entre los siglos III y II a. de C. vivieron los primeros oradores de los que nos queda algún testimonio de discursos realmente pronunciados. Se trata de discursos pertenecientes al género de las laudationes funebres, discursos que solían pronunciar en los funerales las personas más allegadas al difunto. Cicerón dice de ellos que falseaban la historia, acumulando sobre el difunto honores inexistentes o inmerecidos. Entre estos oradores destacan Quinto Fabio Máximo, Quinto Cecilio Metelo y Lucio Emilio Paulo.

             B) La oratoria en el siglo II a. de C.

             En el siglo II a. de C. se acrecientan los contactos romanos con Grecia, que se convertirá en provincia romana en el 146 a. de C. En la primera mitad del siglo II a. de C. se produce una avalancha de intelectuales griegos sobre Roma. Gracias a la influencia de estos intelectuales se consolidó la oratoria romana.

             Paradójicamente la oratoria romana de este siglo tiene sus principales representantes en dos figuras diametralmente opuestas en mentalidad y formación: Catón y Escipión Emiliano.

             Marco Porcio Catón, nacionalista a ultranza y enemigo de todo lo griego, representa la «conciencia moral» de la sociedad de su tiempo. El eje de su oratoria es precisamente esa preocupación moral: fustiga constantemente la corrupción de las costumbres, el lujo de las mujeres, los despilfarros de los banquetes, la corrupción administrativa. Define al orador como ‘vir bonus dicendi peritus’. Se preocupa más del contenido que de la forma, aunque conoce las normas retóricas y las utiliza cuando lo cree conveniente.

             Escipión Emiliano y su círculo representan la impregnación de la cultura romana por la griega. Profesan igualmente una moral elevada, inspirada por un humanismo de raíz filosófica. La oratoria de Escipión es fina, elegante, señorial, destacando, entre los fragmentos conservados, los de tono moralizante.

             Íntimo amigo de Escipión fue Gayo Lelio, al que Cicerón considera superior en elocuencia a Escipión. Contemporáneo de ellos es Sulpicio Galba, el mejor orador de su tiempo, según Cicerón. Gran orador fue también Metelo Macedónico, uno de cuyos discursos fue leído públicamente por Augusto más de un siglo después para apoyar su ley sobre la obligación de casarse y tener hijos.

             Más jóvenes son los hermanos Tiberio y Gayo Graco, oradores vibrantes, de formación griega. Famosos fueron los discursos de ambos en defensa de reformas sociales y de los derechos del pueblo.

             De finales del siglo son Marco Antonio y Licinio Craso. M. Antonio estudió en Atenas y en Rodas; en sus discursos buscaba ante todo emocionar y conmover. Licinio Craso sabía utilizar, según los casos, la gravedad y el patetismo o la ironía y la chanza.

2. CICERÓN Y SU ENTORNO.

             Los problemas sociales y políticos, surgidos en tiempos de los Graco, van a acentuarse progresivamente en el siglo I a. de C., hasta culminar con la desaparición de la república. Estos problemas, con el enfrentamiento de los partidos y el papel cada vez más preponderante del pueblo, determinaron un fuerte desarrollo de la elocuencia. Por otro lado, el desarrollo de la poesía y el progreso de la retórica hacen brotar en el campo de la elocuencia la consideración de que un discurso es una obra de arte y merece ser escrito con sujeción a las reglas del género y publicado como cualquier obra literaria. Las tendencias artísticas de la oratoria son fundamentalmente dos: la escuela asiática, que gusta de períodos largos, grandilocuentes, la expresión muy adornada, con gran cuidado del ritmo oratorio; y la escuela ática, que se distingue por la desnudez de la expresión, por el desprecio del ornamento y de todo patetismo.

            Quinto Hortensio, máxima estrella del foro romano hasta que fue eclipsado por Cicerón, es el mayor representante del asianismo.

             Cicerón (106-43 a. de C.) aúna lo mejor del asianismo y del aticismo. Su genio oratorio forma él solo una escuela. Su expresión es ornamental o desnuda, ajustándose a lo que exijan las circunstancias.

            Cicerón nació en Arpino, de una familia de clase media. Recibió su formación en Roma y la completó en Grecia. Vive en el medio siglo final de la república, época de grandes convulsiones internas: guerra civil entre Mario y Sila, rebelión de Espartaco, guerra contra los piratas, conjuración de Catilina, guerra civil entre César y Pompeyo... Todos estos sucesos los vive de cerca, interviniendo decisivamente en algunos de ellos. En la guerra civil estuvo del lado de Pompeyo. César, vencedor, lo perdonó generosamente; pero él se retiró a la vida privada para dedicar sus últimos años a la redacción de su obra filosófica. A la muerte de César, Cicerón retorna a la política, pronunciando sus Filípicas contra Marco Antonio, que había recogido la herencia de César. Esto le costó la vida a manos de los sicarios de aquél.

            A) La obra oratoria de Cicerón.

                         A1) Discursos. 

            Pueden dividirse en judiciales, pronunciados ante un tribunal como abogado defensor o acusador, y políticos, pronunciados en el Senado o en el Foro. Entre los primeros destacan:

 - In C. Verrem (70 a. de C.): los sicilianos encargan a Cicerón la acusación de concusión y extorsión contra su exgobernador, Gayo Verres. Las Verrinas lanzaron definitivamente a Cicerón hacia la fama.

 - Pro Caelio (56 a. de C.), en defensa de su joven amigo Celio, acusado de querer envenenar a Clodia, hermana de Clodio, mortal enemigo de Cicerón.

 - Pro Milone (52 a. de C.), en defensa de Milón, que había dado muerte a Clodio en un encuentro entre bandas rivales.

 - Pro Archia poeta (62 a. de C.). Toma como pretexto la defensa del poeta griego Arquías, al que se acusaba de usurpación del derecho de ciudadanía, para hacer un elogio entusiasta de las letras en general y de la poesía en particular.

             Entre los discursos políticos destacan:

 - Pro lege Manilia o De Imperio Cn Pompei (66 a. de C.). Apoya Cicerón la propuesta del tribuno Manilio para que se conceda a Pompeyo el mando supremo de las tropas romanas en la guerra contra Mitrídates.

 - In L. Catilinam (63 a. de C.). Catilina, candidato al consulado, junto con Cicerón, no es elegido, y trama una conjuración para hacerse con el poder, incluyendo en ella el asesinato de Cicerón. Éste pronuncia cuatro discursos en el Senado acusando a Catilina y ordenando ejecutar a sus cómplices. Estos discursos le valieron una gloria apoteósica y le granjearon el apelativo de ‘padre de la patria’.

 - In M. Antonium orationes Philippicae (44-43 a. de C.). Discursos contra Marco Antonio, llamados Filípicas en homenaje a los discursos del orador griego Demóstenes contra Filipo de Macedonia. Para muchos, estos discursos constituyen sus mejores piezas oratorias.

                        A2) Obras retóricas. 

            Teoría y práctica se funden en Cicerón de manera admirable. Además de los discursos más perfectos, nos ha dejado las mejores obras sobre oratoria, en las que enseña cómo se forma un orador y cómo se compone un discurso. Tres son sus principales obras retóricas:

 - Brutus, titulada con el nombre de la persona a quien está dedicada. Se trata de una historia de la elocuencia en Roma, desde los orígenes hasta su época, precedida de una pequeño resumen sobre la elocuencia en Grecia.

 - De oratore y Orator tratan de la formación del orador y la técnica del discurso. Cicerón opina que el perfecto orador ha de ser una combinación de tres factores: disposición natural, cultura profunda  y conocimientos de la técnica del discurso. Esta técnica se expone con amplitud en el De oratore, y abarca cinco puntos fundamentales:

            1. Inventio: búsqueda de argumentos apropiados.

            2. Dispositio: distribución de esos argumentos.

            3. Elocutio: arte de utilizar la expresión formal, las palabras y las figuras más convenientes.

            4. Memoria: para recordar cada cosa en el lugar apropiado.

            5. Actio: todo lo relacionado con el aspecto físico en el momento de pronunciar el discurso (gestos, tono de voz, etc.).

  

            El discurso como tal tiene también diversas partes:

             1. Exordium: introducción.

            2. Narratio: exposición del tema.

            3. Argumentatio:

                        31: probatio: aportación de argumentos,

                        32: refutatio: refutación de objeciones reales o posibles.

            4. Peroratio: conclusión destinada a ganarse a los jueces o al auditorio.

             Cada una de estas partes exigía un método y una técnica adecuados para alcanzar la finalidad de todo discurso: instruir, agradar, conmover y convencer.

             El Orator se centra más en la elocutio: figuras de dicción y de pensamiento, elementos de la expresión, armonía de la frase, ritmo oratorio, etc.

  

3. LA ORATORIA DESPUÉS DE CICERÓN.

            A) Decadencia. Las escuelas de retórica.

             A partir de Augusto desaparecen las condiciones que habían producido el auge de la oratoria y, por tanto, desaparecen los grandes oradores. La causa profunda de la muerte de la oratoria en Roma en la época imperial no es otra que la desaparición de la libertad política. Al asumir los emperadores el poder total, la vida política de Roma, que antes se desarrollaba en el foro, desaparece, y con ella la oratoria. La eloquentia se convierte entonces en declamatio, retirándose del foro al interior de las escuelas de retórica.

             Este mundo de las escuelas de declamación nos lo ha transmitido Séneca el Mayor, padre del filósofo, en la obra Oratorum et rhetorum sententiae, divisiones, colores, que divide en dos partes: Controversiae y Suasoriae. Las suasoriae eran propias de los principiantes y consistían en consultas imaginarias dirigidas a personajes históricos que, en determinadas situaciones, deben tomar una decisión importante; el aspirante a orador componía un discurso con las razones en pro y en contra que debía sopesar el personaje. Las controversiae pertenecían a un nivel más avanzado y solían tener contenido jurídico: eran debates de leyes en oposición, de razones jurídicas en favor y en contra.

            B) La obra de Quintiliano y el Dialogus de Tácito.

             En las postrimerías del siglo I d. de C. surge una reacción contra la oratoria retoricista y un intento de retornar al clasicismo ciceroniano. El mayor valedor de esta tendencia es Marco Fabio Quintiliano, que nació en España y estudió en Roma, donde abrió una escuela de retórica.

            Quintiliano, el más importante educador de Roma, nos ha dejado, con su Institutio oratoria, el tratado de retórica más completo de toda la antigüedad. No sólo se preocupaba de la técnica oratoria, sino de la formación del orador desde que nace hasta la cumbre de su carrera. Su teoría y sus métodos tienen como modelo supremo a Cicerón.

             También Cornelio Tácito, en su Dialogus de oratoribus (comienzos del siglo II), se preocupa de la decadencia de la oratoria. Alude a las condiciones políticas de falta de libertad, y su postura es de un pesimismo resignado: hay que aceptar el régimen imperial y el consiguiente declive de la elocuencia en aras de una mayor estabilidad y una mayor paz.

            C) La oratoria imperial. Los panegíricos.

             En época imperial la única elocuencia pública posible es la elocuencia de funcionarios, que acumulan sobre el emperador todos los elogios posibles. El mejor ejemplo de este tipo de oratoria es el Panegírico de Trajano, de Plinio el Joven. También Cornelio Frontón, de origen africano, pronunció discursos en elogio de Adriano y de Antonino Pío.

             De la misma época es Apuleyo, del que poseemos la única muestra de elocuencia judicial bajo el Imperio: su Apología, discurso pronunciado para defenderse de la acusación de haber obtenido la mano de una rica viuda con artes mágicas.

             En los siglos III-IV surgió la colección de Panegyrici Latini, doce discursos en honor de diversos emperadores, desde Maximiano Augusto hasta Teodosio.

             En el siglo IV vive el último de los grandes oradores latinos paganos: Aurelio Símmaco. Pronunció panegíricos de los emperadores Valentiniano I y Graciano. Fue el último gran defensor de las tradiciones romanas frente al cristianismo que lo invadía todo.

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